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Crítica de ‘La rosa tatuada’

LA ROSA TATUADA

de Tennessee Williams

Centro Dramático Nacional.

Teatro María Guerrero. Madrid.

15 de mayo de 2016

Versión y dirección: Carme Portaceli.

Traducción: Vicente Molina Foix.

Reparto: Aitana Sánchez Gijón, Roberto Enríquez, Alba Flores e Ignacio Jiménez entre otros.

Escenografía: Anna Alcubierre.

Música y espacio sonoro: Jordi Collet.

BÚSQUEDA Y CAPTURA DEL SANTO GRIAL

por Carlos Herrera Carmona

      En honor a la verdad, elegí en esta ocasión a Tennessee Williams para pasar un “mal” rato, es decir, para ser alcanzado por las ondas expansivas de sus personajes -sobre todo los femeninos- y para ver de nuevo -llámense “masoquismos teatriles”- cómo este autor de espíritu atormentado y de sangre caliente, hace estallar con su dramaturgia las tablas de cualquier escenario. Quería ver yo todo eso en el María Guerrero, otro drama más del norteamericano elevado a la quinta potencia, con una mujer descarnada, insatisfecha y potente como protagonista que desea salir de la madriguera donde la fatalidad la había recluido y donde se había quedado atrapada. Y sin embargo, sonreí, reí y me fui gratamente sorprendido…

       Cuando entrevisté al final de la función a la directora de este montaje producido por el CDN, Carme Portaceli, me convenció con lo siguiente: “Claro que hay humor en su obra. Está ahí. No tiene que acabarse todo en la vida si se muere tu marido”. La directora hablaba con total entusiasmo y sonrisa inalterable. La obra se remata con un colorín colorado, con el happy end que tanta falta hace. La mamma siciliana, Serafina delle Rose, interpretada por Aitana Sánchez Gijón, sustenta este melodrama simpático y Roberto Enríquez, su salvador, su Superman, le devolverá la Vida con su personaje Álvaro Mangiacavallo.

        La pieza arranca algo pausada. Me despistan la mistura italo-española y los temas cantados en directo, uno de ellos en particular. Es, sin embargo, con la irrupción de Enríquez, cuando siento que sube esta aeronave italo-americana y alcanza los 40.000 pies de altura. Es cuando uno como espectador se frota las manos susurrando aquello de Tieniti forte che ci sono curve! Debo añadir también que, desde que se ilumina y se mueve la escenografía diseñada por Anna Alcubierre, me encandila y emociona lo diseñado para que esta creación sea el hogar de Serafina. Es un puro deleite, con la magia propia de una casa de muñecas que se abre y se cierra como también lo hará il cuore di questa donna, sebben crudele mi fai languir; desvelando, por ejemplo, los vestidos de fiesta -únicas notas de color- sobre los maniquíes -cuya presencia me sugería unos vigilantes silenciosos en mitad de una atmósfera gris, mortecina, llena en penumbra: un muy acertado punto casi siniestro. Mencionar la jugosa invasión de los personajes por el pasillo del patio de butacas lo cual nos invitaba a ser testigos cercanísimos de sus acciones y poder disfrutar de los gestos y matices de todo el elenco en general. Resaltar igualmente el matrimonio bien avenido de la puesta en escena con las proyecciones en pantalla, zoom generoso que nos regala la directora y asegurarse así de que contemplemos a Aitana –gran piacere- transida, en su máximo esplendor.

        Serafina delle Rose,  molto arrabbiata, compartiría con Maggie La Gata la sua fierezza y los mismos latidos de su corazón salvaje, aquél que supura rabia; ese tipo de corazón al que quieren encorsetar y enjaular y por el que hay que entonar una plegaria, como nos suplica el autor. Pero para evitarlo Serafina/Aitana se revuelve ante ese fatum que el autor le ha impuesto en forma de ser cándido y bruto (que no brutto) por nombre Magiacavallo, genio y figura, para luego caer rendida. El actor sabe la misión que tiene entre manos e irrumpe en la casa/madriguera de Serafina como un titán: comienza el asedio a la mujer con el bálsamo del humor, con el deseo de lo cotidiano, con las ganas de besarla, de poseerla, con lo carnal por bandera, con lo auténtico a fin de despojarla de remilgos, en una palabra: para inyectarle VIDA. Esta es la palabra que me repetía la directora y que también deja por escrito en el programa de mano sobre la obra: “Un canto a la vida”.

      Carme Portaceli resalta de su pareja protagonista, por una lado, la generosidad de Enríquez/Álvaro (“un corazón con piernas”) y por otro lado, el “bicho” que le rebulle a Aitana/Serafina en su estómago (quella forza dell’amore, del destino...). Mangiacavallo rompe los muros de Serafina y, como un Pepe el Romano -esta vez, corpóreo- consigue que ésta se libere de supersticiones, ritos y plegarias caducas e inoperantes; de tradiciones trasnochadas, sureñas, con olor a alcanfor, entre altares portátiles y figuritas de plástico que la anclan y la confunden, que la aislan y la amputan. Y lo dice uno que es de Siviglia… Me quedo como favorita con la escena cuando Aitana y Roberto beben alegres y éste le enseña el cielo para noverar le stelle ad una ad una, como dijo Leopardi.

       Así que tomemos nota: nadie sabe que a nuestro corazón le hace falta un dueño hasta que lo que tiene. Serafina pensaba que no. Y se equivocaba. Como la paloma de Alberti: “Por ir al norte, fue al sur / Creyó que el trigo era agua... ” Menos mal que esta vez el autor nos ha brindado la oportunidad de pensar que el Santo Grial no está en posesión de ningún mago de Oz, y mucho menos en manos de una virgencita impostora; pues tan sólo hay que abrir las puertas del corazón de par en par -o permitir que te las abran- como nos lo ha demostrado Serafina y Mangiacavallo. Y que siga la fiesta en el María Guerrero.

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