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Crítica de La omisión de la familia Coleman

La omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir

Teatros del Canal. Madrid, 26 de octubre de 2017.

Dirección: Claudio Tolcachir.

Reparto: Cristina Maresca, Miriam Odorico, Inda Lavalle, Fernando Sala, Tamara Kiper, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño.

ÉSE DULCE IMÁN por Carlos Herrera Carmona

     La consigna de esta barbarie deliciosa de diálogos y trapisondas parece aglutinar las siguientes acciones para el espectador: sonríe o ríe, asómbrate, asústaste, inquiétate, modifícate, distánciate, identifícate, aplaude, deja escapar una lagrimita de emoción o de sensación lo más similar posible con lo que tienes frente a ti; conecta, encadena, desbarata, recompone, huye, critica, sanciona, juzga, perdónate mientras observas por el ojo de la cerradura del hogar, del caos -que lo mismo es- de la familia Coleman. Como enuncio yo mismo en mi obra Bastardos: “La familia es un imán que merece estar enterrado para que jamás sintamos la necesidad de ir en su busca”, el demiurgo de esta saga desquiciada y entrañable, por nombre Claudio Tolcachir, ha decorado este “imán” con rica confitura pues a los miembros de esta casa les cuesta la vida despegarse de su miel envenenada.

    Este torbellino de disputas, duelos y dosis variopintas de insultos, mimos y condescendencias familiares nos mantiene alerta hasta el punto de que el 90% de la audiencia -lleno- decidamos quedarnos tras la representación de este pasado jueves para “conocer” más a su reparto coral, cuya capacidad interpretativa rezuma naturalidad innata, brillante, requisito esencial para subirse a unas tablas y culminar en lo real, en lo verdadero; quizás aguardábamos un poco más en la Sala Verde para disfrutar más de estos “seres” quienes, durante casi dos horas, hemos conocido tan al detalle; quizás nos quedamos también allí sentados para disfrutar de su “presencia hiperreal” en escena. Actores y actrices comentaban cómo la pieza había crecido durante los doce años de su recorrido, cómo habían viajado por más de una veintena de países y cómo se habían sumado múltiples capas de nutrientes a sus personajes; o cómo Fernando Sala (Marito, nuestro entrañable antihéroe) nos mostraba su zapatilla de deporte medio ajada de tanta escena pisada, trabajada, revivida; o cómo la sonrisa les dibujaba a todos el orgullo de ser un Coleman a pesar de las bipolaridades, desenfrenos a la hora de interpretar a unos auténticos losers/outcast sociales, pero a la vez, tan simpáticos y dignos de conmiseración. Allí que permanecimos a la espera de que nos sorprendieran anunciando una segunda temporada, a lo Juego de Tronos, para saber si Memé abandonará su dislocación y así el amor la deje en paz; para saber hacia dónde se dirige Damián con tan poca guita en los bolsillos, o para asistir a la escena de ternura de Gabi y aplaudir si al final consigue dejarse abrazar sin fruncir el ceño… Y aquí os voy dejando unos puntos suspensivos, ideales para no spoilear la trama.

   De cualquiera nos podemos enamorar, pues todos y cada uno de ellos contiene ésa “prenda vital” que nos probamos y que nos sienta -asusta, ¿eh?- perfectamente; ése abrigo que nos encaja y cuya talla es la misma que la nuestra; y que cuando se nos antoja entrar en la vivencia de otro personaje, también damos con esa arista punzante que, o bien concuerda con alguna de nuestro interior como hijo o hermano, o con la de algún pariente nuestro, salvo el padre, dado que el pater familias, curiosamente, está ausente, mas no como personaje incorpóreo, ya que como tal va recorriendo la escena entre todos ellos y a través de todos ellos como hacedor del desorden imperante, sino más bien como detonante casi del desparrame de relaciones que se establecen entre ellos: interrelaciones de tanto cariño y de tanto desprecio, de tanta comprensión y de tanta recriminación, de tanto apego maligno y tanto desapego -no se sabe cuál de los dos es el más maligno- de tanta preocupación por el Otro y al final de tanto abandono, no se sabe si por liberación, si por salvarse del séptimo infierno que es ésa casa sin comida, sin agua caliente, tan vacía, que sólo puede ser llenada de palabras y más palabras, como si ése maratón de diálogos fuese una prueba impuesta por algún Dios miope y que como a algún Coleman se les ocurriera dejar de hablar pudieran arder de repente. Tal vez los personajes, como animales huyendo del incendio, se ven obligados al final a abandonar al más débil, al más herido, al que no se adapta, al que no es tan fuerte. La ley de la supervivencia se ha cumplido. A veces, por muy suculento que nos puedan presentar ése imán, de un imán se trata.

(P.D: Mientras reviso esta reseña, las voces de unos parientes lejanos de los Coleman se cuelan por la ventana de mi dormitorio. La vida sigue…).

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