La calavera de connemara

Crítica de La Calavera de Connemara

Martin McDonagh. Quédense con este nombre. Los más profanos del teatro no sabrán que es el creador de La reina de belleza de Leenane o de El hombre almohada, pero a algunos que tienen más conocimientos en el mundo del cine sí que les sonarán Escondido en Brujas o Siete psicópatas. Y a lo mejor algunos sabrán que es el director y guionista de Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Misuri, película galardonada con el mejor guión en el Festival de Venecia. Y parece ser, o al menos eso dicen algunos entendidos en cine, que no será el único premio que recogerá este año. Fuera como fuera, McDonagh es una de las plumas más brillantes de este principio de siglo. Sus historias no son amables, sino crudas, salvajes y los personajes que les vertebran son víctimas y perpetuadores de una sociedad cerrada, llena de odio y rencor. Buena muestra de ello se encuentra en una de sus primeras piezas, A skull in Connemara, una de las tres obras que vertebra La trilogía Leenane, obras arraigadas a la Irlanda más rural. Pues bien, Connemara ha brotado en La Villarroel. Como si todo fuera prado, naturaleza verde indómita. Las calaveras se acumulan día a tras día por obra y gracia de Iván Morales y un cuarteto protagonista impecable. La calavera de Connemara es un texto fantástico, una comedia salvaje, pero además es un espectáculo levantado con inteligencia y con un sello personal.

No situamos en Connemara, en la Irlanda más verde y salvaje. En este pueblo reside Mick Dowd, un hombre (vamos a decir que de mediana edad) que espera a que llegue el otoño para volver a vaciar tumbas del cementerio para que a la vez vuelvan a ser llenadas con nuevos muertos. Mary Jonny, una solterona profundamente religiosa, le saca de su ensueño y le avisa que ya es setiembre. Al rato aparece Mairtin, un joven descerebrado, gamberro, un garrulo de pueblo, que es el sobrino de Mary Jonny. Viene a anunciar al bueno de Mick que será su ayudante en el cementerio por orden del Padre Walsh (O Welsh, qué más da, ni ellos mismos lo saben). Mientras hacen sus labores de desenterradores, acechará por allí Thomas, policía con ínfulas de gran detective, hermano del estúpido hermano, quien sigue de cerca la labor de Mick, sobre el cual planea la sospecha de que fue el asesino de su mujer unos cuantos años atrás. Él, pero se defiende diciendo que la muerte fue un caso típico de conducción bajo los efectos del alcohol y que ya pagó por ello. Con todo eso, además, ya le toca tener que desenterrar los huesos de su mujer difunta.

Con este material nos adentramos en una historia con aromas de thriller, un drama sobre la redención y la culpa de un ser atormentado, pero sobre todo con una comedia sucia, deslenguada, cargada de anécdotas sexuales, de muerte, nada agradable. Unos dicen que al estilo Tarantino. Pero el retrato, tanto desde la pluma de McDonagh como desde la adaptación de Morales, parece ser más sociológico (estos personajes representan cada uno de ellos una parte de esta Irlanda más rural). Tarantino crea sus propios universos, con sus propias reglas enmarcadas en un género. El toque Tarantino, pero está en el uso continuado de la violencia (física o hablada) pero desde el humor más cafre. Y en esta Calavera esto sucede en gran medida gracias a este fantástico personaje que es Mairtin Hanlon.

Pero los personajes los hacen los actores. Y sin duda conviene visitar Connemara en la Villarroel por el trabajo interpretativo de Pol López, Oriol Pla, Marta Millà y Xavi Sáez. Un servidor tuvo la suerte de ver parte del proceso de creación y vio el trabajo físico que hicieron los cuatro intérpretes con David Climent, uno de los fundadores de Los Corderos, compañía valenciana cuyos montajes vertebrados desde la exploración física y el movimiento. Con la ayuda de este coreógrafo trabajaron el peso, el andar, el gesto de cada uno los personajes. De esta manera se han esculpido unos personajes que en escena son vigilantes inquisidores (una espléndida Marta Millá), hinchados de pecho (Thomas Hanlon, otra fantástica composición de Xavi Sáez), pesos muertos (gran Pol López haciendo de Mick Dowd, aplastado por la culpa y los rumores) y centellas eléctricas (Oriol Pla, simplemente estratosférico). Vale la pena destacar el trabajo de este joven talento que es Oriol Pla. Ya nos hemos puesto de rodillas frente a él otras veces (Ragazzo, Be God Is…), pero mejor no nos levantemos mucho. Está claro que contar con Pla para hacer un personaje que es todo nervio es garantía de éxito. Pero es que el chico ni se descontrola ni se cansa. Desde el movimiento a la parla, la composición de este Mairtin Hanlon es única. Cuando cae, es una caída de órdago; cuando baila torpemente, es una coreografía perfecta; cuando habla, es un torrente de barbaridades perfectamente vocalizadas (incluso cuando se pasa media obra bebido, luciendo un acento cómico que supera el borracho que arrastra palabras). La pregunta que uno se hace es, ¿dónde está el techo de Oriol Pla?

Pero todas estas brillantes interpretaciones no se habrían dado sino fuera por la comandancia de Iván Morales, ese director indie, multireferencial, cuyo objetivo es provocar experiencias teatrales intensas para un público lo más transversal posible. Es probablemente de las obras más comerciales y abiertas al gran público que Morales habrá dirigido, pero sin dejar de imprimir su propio sello. Hay muchas muestras de ello, pero hay una escena en particular sacada de la imaginación del director que para un servidor ya es un hito en su carrera: borrachos Mick y Mairtin bailan emocionados la canción Nothing compares 2 U de Sinead O’Connor. Es un crescendo emocional que termina siendo un número de acrobacias, un número de clown que primero te descojona para luego dejarte con la boca abierta. Una coreografía, diseñada también por David Climent, donde tanto Pol López como Oriol Pla llevan sus personajes a un punto álgido, catártico.

Pero la dirección del espectáculo no sólo está sobre el trabajo de los actores, sino también sobre todo un equipo técnico que también lucen especialmente. La escenografía de Marc Salicrú es impactante. Una explosión de verde con un césped falso que se sube por las paredes, casi envolviéndolo todo. Luego unas sillas por aquí, una mesa por allá y dos agujeros en cada extremo, tumbas que hay que desenterrar. La iluminación hace el marcaje de las escenas y destaca momentos con destellos (y con un golpe de sonido) donde los personajes dicen algo grave, importante, que cambia el tono de la conversación. El diseño de sonido busca así reforzar momentos o acompañar algunas transiciones, tanto puede ser con golpes de tambor que la propia Marta Millá ejecute escondida en el gallinero, como los punteos que Xavi Sáez u Oriol Pla hagan con un bajo eléctrico. De igual forma, el vestuario refuerza con colores y texturas el carácter, el oficio y posición de los personajes de este astuto thriller que esconde una historia de amor y reivindicación moral bajo montones de tierra.

 

La calavera de Connemara de Martin McDonagh

Dirigida por Iván Morales.

Interpretada por Pol López, Oriol Pla, Marta Millá y Xavi Sáez.

Thriller cómico rural irlandés.

Hasta el 29 de octubre en La Villarroel.  

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