Incendios en el Teatro Abadía

Crítica de Incendios en el Teatro Abadía

Incendios de Wajdi Mouawad.
Teatro de la Abadía. Madrid, 14 de septiembre de 2017.
Dirección: Mario Gas.
Reparto: José Luis Alcobendas, Carlos Martos, Candela Serrat, Alberto Igkesias, Laia Marull, Nuria Espert, Lucía Barrado y Germán Torres.

LA PATRIA DESHECHA
de Carlos Herrera Carmona 

         

     Visto lo visto, poco o nada se puede añadir a estas alturas sobre la imponente arquitectura dramática de Mouawad, o sobre la interpretación -unida a la puesta en escena- y al impacto certero de este elenco cuya dirección corre a cargo de Mario Gas. Todo en su conjunto provocó aplausos, vítores y público en pie. Poco o nada se puede añadir, de igual modo, a la carnicería que produce siempre el estadillo emocional y físico de una explosión o del sentido místico del vocablo “fuego“. Poco o nada se puede añadir al embate con el que irrumpe la masacre, ya que nada puede justificar el trayecto estúpido de una bala. Con la función de ayer no queda otra que posicionarte ante un escenario/cadalso/“ring”/constelación familiar marchita que amplifica el horror y la oquedad, sangrante y palmaria, de la pérdida del alma y de tu propia dignidad, ambas indisolubles. “We are the hollow men“, cantaba T.S. Elliot. Un pieza donde se canta el delirio más infernal. 

 

        Wajdi Mouawad siembra el puntal trágico en la infancia y al este del Edén, y, como era de esperar, el tallo crece y se retuerce con flores que se ocultan bajo las hojas. Como en aquellas familias cuya savia circula envenenada y su fatum luce sesgado, sus componentes, marcados con la señal de un delito que no cometieron, habrán de buscar sus identidades hasta llegar a Ítaca sin garantías de dicha; perturbados, perdidos, ansiosos por hallar su lugar y el del Otro que los complete, que rellene el vacío para poder “ser” o al menos, “estar”. Escribía Pedro Salinas: “¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?“. Los personajes danzan suspendidos en un carrusel maligno al ritmo de los ejes del espacio, del tiempo y del aire; se cruzan y entrecruzan en una trapisonda cinematográfica (arrolladora la frase – “El tiempo es como una gallina a la que se le ha cortado la cabeza… gira loco, loco, loco…“),  con tintes de limbo agónico. Soberbio el co-autor de esta historia arrasada y que arrasa, Mario Gas. 

 

        Me sobrecoge el relevo del Mal transmitido de generación en generación, como si las madres se perfilaran cual corifeos de sus sagas; portentosas ellas que cogen el mundo por los cuernos, que se arriesgan a dar saltos de gigantes y, como tales, se disponen a cruzar desiertos, a soportar atrocidades y a cantar, a hablar para su defensa a ultranza, no quedándoles más salida que callar, “and the rest is silence”. 

 

         La tragedia antigua se resucita a golpe de línea en la obra. El autor/el director nos la va dosificando, de manera conjunta, a través de las claves justas para que jamás desconectemos del fluir escénico. Hacía tiempo que un texto puesto en pie -de guerra- con tanta carne/carnaza/carnicería, con tanto hueso/osario/osamenta, no me había ejemplificado realidad, soledad y esperanza con un lenguaje directo, salvaje, de jungla, aderezado con la amortiguación que sólo puede brindarnos la poesía. El elenco maneja tan fácilmente la cadencia de las frases que favorece la credibilidad absoluta a fin de hacer suyo el aire que transita por el escenario, oscilando desde la ternura a lo despiadado. 

 

           Cuando crees que ya no hay nada nuevo bajo el sol o tras un telón, cuando crees que Sófocles nos dejó poco sitio para construir más sobre el discurso dramático que el sexo y la sangre entre madre e hijo produce; cuando crees que la última intepretación de La Espert fue la más sublime, vas y te sientas bajo la cúpula del Abadía y ahí se produce el retorcimiento de tuerca inesperado; te alegras al comprobar que el mensaje sobre el horror puede seguir expandiéndose. La Espert te mete el puño de su voz en el estómago y te advierte de algo así como … Mírame y escúcha atentamente lo que te voy a decir y lo que mis manos te van a contar: este parlamento mío es volátil, fugaz, porque piensas que sólo ocurre aquí cada tarde, que únicamente sucede cuando yo decido que suceda, pues actriz soy, y sin embargo, te va a dejar una señal en la frente cuando yo te haga de la mujer que cantaba, o de la mi compañera te haga de la mujer que quiso quebrar el hechizo por consejo de su abuela. Lo más sorprendente de todo es que este reparto y yo te lo vamos a revivir día tras día y, cuando no sea así, se quedará por escrito, como las penas de muerte o los nombres sobre las lápidas. Te lo advierto: no hay lluvia suficiente -aunque te lo pueda parecer- que mitigue este incendio diario sobre esa parte del mundo sobre la que preferimos no pensar para que vivir, sobrevivir, lastime menos. Tal vez mi personaje lo pudo hacer mejor, pero su recorrido es el que es, su legado es el que es, irremediable, fatídico, quebrado; tal vez pudo narrarlo todo en su momento, pero lo irreparable, como dijo Baudelaire, roe con su diente maldito. Así que mejor la conciliación, unir, cobijar, como siempre ha hecho la supuesta madre de Dios, bajo un manto de plástico y ampararlos, pues madre inmaculada y de todos es al fin y al cabo… 

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