He-nacido-para-verte-sonreir

Crítica de “He nacido para verte sonreír” de Santiago Loza.

Teatro de la Abadía. Madrid. 11 de enero de 2018.

Autor: Santiago Loza.

Dirección: Pablo Messiez.

LO IRREPARABLE

por Carlos Herrera Carmona.

    Retorno al útero, al centro, a la entraña. La temperatura ahí dentro es la adecuada. Ahí dentro se hallará la sustancia correcta, exacta, medida; y el orden, y el concierto. Ahí dentro el dolor no se pronuncia, acaso balbucea. El vientre materno, nuestro primer hogar; y en el hogar, la lumbre, donde se cuece todo, donde nos alimentamos; ahí dentro, en la cocina, el reino matriarcal por excelencia; desde allí el alma mater legisla, acciona, promueve, dirige nuestro mundo como hijos, lo planifica, extiende el mapa de nuestra aventura vital; y nosotros, a salvo, en su cocina, de donde no nos apetece salir, porque fuera todo está muerto, seco, áspero, baldío. Ella protege, a veces tanto, que después el mundo nos asusta, nos paraliza. Error perdonable por su parte, o no. Quién sabe. Porque no hay sinfonías ahí fuera. Nuestra madre es la que posee la colección de partituras más preciada y nos las pone a nuestro servicio a fin de que la locura se relaje, se acomode, vuelva a su nido, un gran nido de cigüeña que pende del techo de su cocina/reino. El nido vacío, sin cuco que lo anide, sin nadie que lo sobrevuele.

     La mater dolorosa, la mater regina llora, enrabia ante la impotencia de la segunda pérdida: el hijo que estando, no está; el hijo preso del delirio y, que sin estar, vuelve a no estar, a desaparecer, preso en un sanatorio. Una suerte de “Piedad parlante”, un monólogo, un credo delirante que actúa a modo de expiación, de lamento, de decreto filosófico, doméstico, sencillo, pero a la vez con raíces profundas. La madre analiza la diferencia tan peliaguda entre vigilia y sueño, entre realidad y apariencia, entre dormir, soñar, morir… Hermosa su frase “Dormir, aniña“. La vuelta atrás, al seno, a la cuna, al regazo, al sueño casi infinito, indescifrable, de horas y horas, que mantienen los recién nacidos bajo la protección de Morfeo, frente a las garras de Ares. Los baños que ella recuerda, los cuales , en esta su rememoración, nos pasea de su mano sobre el transcurrir de la vida del hijo, el nacimiento del pudor del púber, su primer alejamiento de ella, cuando él es consciente, como Adán, de su desnudo, y su madre es consciente de cómo su pequeño Hamlet comienza a leer lo inadecuado, lo extraño, lo difícil y comienza a merodear por las almenas del castillo con la locura como traje. El recuerdo hiriente de cómo empezó todo; de la “muerte en vida”, del génesis maldito, cuando el desquicie, como una mancha de humedad rapidísima, se instaló en el hogar, en la pulcritud de la cocina de esta madre que su única misión en vida es ver a su vástago sonreír.

     El texto de Loza que emerge elegante sostenido por Messiez o cómo he de sacrificar a mi hijo en el altar y no morir en el intento; o cómo entregar a mi hijo para que me lo recuperen. El pago con sufrimiento de esta doble pérdida y de la esperanza -mínima- de que todo se vuelva a ordenar. Una resurrección sanadora a costa de un desapego forzoso y cruel. Monólogo-plegaria. Fondo costumbrista -nos coloca en nuestra cotidianidad más cercana y por ende, asusta. Retazos iluminados de sabiduría de andar por casa, siempre sabia y bienvenida. Y poesía en el ritmo, en la cadencia de cómo la madre nos/le lanza su verborrea; en las inflexiones, en los tonos, en la broma, en lo más sentido e íntimo. La sonrisa se mantiene durante la representación. La risa logra incluso aparecer para después provocarnos el pellizco de lo irreparable, que, como escribió Baudelaire, roe con su diente maldito.

     Y sólo la entrada de la música en escena, bello interludio, alivia.

      Deliciosa la voz de Ordaz, mágica. Hipermotivador el trabajo de cuerpo de Fernando Delgado-Hierro.

      Larga vida, pues, a la locura.

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