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Crítica de “Espía a una mujer que se mata” de Daniel Veronese (A partir de “Tío Vania” de Chéjov)

Centro Dramático Nacional. Teatro Valle-Inclán. Madrid, 23 noviembre de 2017.

Reparto: Jorge Bosch, Pedro G. De las Heras, Ginés García Millán, Malena Gutierrez, Marina Salas, Susi Sánchez y Natalia Verbeke.

OTRO PARAÍSO PERDIDO

de Carlos Herrera Carmona

      Nos esperaban en su terreno: una esquina blanca. El anciano vigilante, la joven inquieta. El público entraba. La pareja pacientemente, sin abandonar una suerte de acecho dramático, parecía tener prohibida  la salida de su pequeño limbo cuadrado. Mientras los espectadores se acomodaban bajo la mirada pétrea, bíblica, del anciano y la alteración física, de dulce histeria, de la joven, se podía apreciar que su habitáculo no era tan inmaculado: manchas oscuras, algún que otro desconchón, puertas semiencajadas que daban a no se sabe donde. En definitiva: el Tiempo había pasado por allí y había vuelto a hacer de las suyas. Para variar. Actores a punto de conectar con sus personajes. O personajes buscando en un juego pirandelliano a sus cuerpos para que éstos contaran sin pudor sus historias. El dúo esperaba para poder alzar el telón sin titubeos y lanzarse, junto con la troupe que aguardaba escondida, a un carnaval de verborreas, himnos, lecciones de teatro, deudas, miserias y, sobre todo, corazones en tinieblas.

      Resulta curioso que en esos escasos metros cuadrados el resto de, llamémoslos, participantes, lo inundara de repente, sin miramientos, en tropel, con cascadas de diálogos solapados de una urgencia extrema, creando -éste es uno de los logros de esta apuesta de Veronese- una atmósfera casi hermética, con falta de oxígeno, de respuestas, de muchas pérdidas, de muchas búsquedas. Nos descoloca el hecho de que se nos muestren a medio camino entre la interpretación, esto es, entre la Verdad y un actitud propia de un camerino, de trastienda, y, que una vez comenzado el vendaval, nos ignoren, nos den la espalda, comiencen a vivir ellos su propia vida, a enarbolar discursos donde los animales, los bosques y el alcohol se pasean por el ring como un personaje de tres cabezas; donde el resquemor, las ganas de explotar la granada que parece esconder como un as bajo la manga y el deseo quedan truncados; donde los sueños se tiñen de esterilidad, donde parece que Dios los hubiera desterrado a todos a ganarse el pan con el sudor de su frente y una vez conseguido se lo robara lleno de ira.

    Hay risas también, mas teñidas de inquietud. Parece que las bromas allanan el terreno para el llanto desmedido, desconsolado (bravo Ginés), para que los ideales se mantengan apuntalados (bravo Marina), para aguantar sin ganas de aguantar más y conservar el tipo (brava Susi) y para fumar de mentira un habano que nos  amortigua la futura caída de un antihéroe por nombre Vania (brava Malena).

     (Me viene a la cabeza las palabras de Jacques Ellul cuando cuenta que hoy en día parece que obedeciéramos, de manera soterrada, un deseo de muerte, de abandonarnos a nosotros mismos, de impulso suicida.)

    No necesité, sin embargo, las escenas de Genet. Me bastaba con seguir los avatares, la lucha verbal descarnada de estos seres arrinconados. Necesité, eso sí, algún momento de recogimiento lumínico, de que esta función con ráfagas de locura improvisada, de avalancha de personajes hermosamente descontrolados, sucumbiera en alguna penumbra que me hiciera creer que no era tan cierto todo lo que veían mis ojos, ya que era tan palpable, tan humano, que la manipulación de la luz me habría ayudado a no creérmelo tanto y así no emocionarme tanto tal y como me ocurrió, en ese alegato a seguir creyendo, en la defensa que Sonia hace de los sueños y que nos regala como soberbio punto final. Pues ya se sabe: cuando hay voluntad, hay camino para emprender la búsqueda y captura de nuestros paraísos perdidos, ¿verdad Sonia?

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