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Crítica de “Escenas de caza” de María Velasco.

ESCENAS DE CAZA de María Velasco.

Dirección: Alberto Velasco.

El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid, 8 de febrero de 2018.

EL FESTÍN DE LA JAURÍA por Carlos Herrera Carmona.

       

           En la boca del escenario del Pavón hoy se abre una hendidura. Por ahí vislumbramos seres que deambulan bajo la luz roja de su infierno. Los ladridos mientras nos acomodamos nos preparan, o nos previenen, o nos distancian. Los seres siguen sus círculos. Huele a cueva, a primitivo. La tribu permanece ahí, al acecho o lo suyo. La hendidura se abre y desvela su territorio. La manada despierta. Los seres más que comunicarse, ladran. Los seres manejados por Velasco-Velasco destilan fierezza. Hambrientos de presa, reciben entre cordialidad y desdén a su recién llegado. El juicio se despliega. La tribu danza poseída y poseedora, demandante y demencial. La posesión es su marca de identidad y la acusación su objetivo. El recién llegado intenta su adhesión al grupo. El grupo muestra su ira, pues hijos de ésta son. La piñata que desciende del cielo direcciona su cometido y, a partir de ese momento preciso, la fiesta se tiñe de fantasías helénicas, simiescas y desaforadas.

         Los seres lanzan monólogos de rabiosa actualidad cargados de rabiosa ponzoña. Parece como si escupiendo su crítica al universo deshumanizado en el que vivimos pudiéramos nosotros reaccionar o convertirnos en lo más parecido a ellos, aunque es la pescadilla que se muerde la cola: todo rasgo de humanidad en el seno de esa tribu ha sido aniquilado. El recién llegado es ultrajado. No encuentra la vía para participar en su festín carnicero. Los seres juegan a emular ritos que nos son familiares y la sorna, el escarnio es la clave.

             Velasco-Velasco los emplaza en un estercolero. La metáfora habla por sí sola. Sus seres sólo tienen razón de ser cuando persiguen y juzgan, cuando fornican o bailan, cuando diseccionan lo exterior en un futuro agónico. Tal vez si Godot apareciera por esos riscos, el vacío se llenaría. Pero no hay nada que hacer. Lo desmedido es el adjetivo para etiquetar la atmósfera, el texto y la actuación en el escenario. Y, si se te ocurre escapar de él, pobre recién llegado, la jauría saltará sobre ti y te atrapará en el patio de butacas. Nosotros, pobres espectadores, inmóviles. Es el reino animal quien impera en el Pavón, es lo salvaje. Nosotros, a mirar. Como hoy en día: impávidos cuando el vecino es mordido y nuestro cuello ha logrado escapar de los colmillos del lobo feroz.

               Aunque cantáramos el Agnus Dei qui tollis peccata mundi, miserere nobis hasta desgañitarnos, no sería suficiente para aplacar a esta jauría. Las bestias desobedecen y recitan las palabras de Dios a modo de motete y no de súplica. Tal vez un exorcismo fuera bálsamo y no ácido. No hay compresión en la manera indómita del sentir de esos seres. La autora, tal vez, nos deja la oportunidad o no de poder comprobarlo. Si es así, si se trata de que esta soberbia puesta en escena sea un himno a la locura actual y a la deshumanización, al juicio sin misericordia, al reino de Hades en las tablas, felicitaciones. Se constata entonces el hecho de que el teatro desde su púlpito nos retrata la nueva Edad Media que estamos respirando.

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