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Crítica de “Yo, Feuerbach”

Yo, Feuerbach de Tankred Dorst

Teatro de la Abadía. Madrid, 1 de noviembre de 2017.

Dirección: Antonio Simón.

Reparto: Pedro Casablanc y Samuel Viyuela.

Adaptación: Jordi Casanovas.

EL TIEMPO Y SUS TESOROS

de Carlos Herrera Carmona

      Oí risas a los cinco minutos de que hubiera dado comienzo la representación. Por lo visto había un sector del público que habría leído por algún sitio que la pieza era de corte humorístico y por temor a no corresponder con los intérpretes, la dirección, el equipo y agradecer así la invitación al ensayo general, carcajeaba. Sin embargo, y contra todo pronóstico, yo seguía sin inmutarme, puesto que la irrupción de Casablanc en escena pidiendo luz en un abismo escénico como náufrago que clama auxilio y con un rostro de clown sin reino, me enterneció. Y me convertí a partir de este instante en testigo irremediable de su peripecia, a sentir una compasión teñida de pathos por el señor Feuerbach y su historia. Tal vez, como digo, hice mal: tal vez tenía yo que haberme mantenido lo suficientemente alejado y despierto y así no dejarme atrapar por ese personaje y su feroz interpretación y que la empatía no me traicionara o embargara. Pero fue inevitable. Por eso no me reí, porque me dejé llevar por ese clown perdido, otro más sin patria ni bandera. De ahí que no pudiera yo reír al ver a un señor furibundo, defendiendo a ultranza el amor por el teatro, que evitaba a toda costa recurrir al suicidio, que daba sus últimas bocanadas a fin de ser atendido, de que le suministraran un papel, porque él sólo pretendía ser escuchado, porque para eso mismo salta un actor a la arena, para ser admirado, para ser gladiador y enfrentarse sin temor a las fieras, no para ser arrinconado en una mazmorra y oír el espectáculo desde abajo, sin poder ser partícipe, sin rumbo, sin escenario, habiendo perdido su mente límpida que le permitía retener los textos y no reventar funciones para ser expulsado de una sala con una camisa de fuerza. El señor Feuerbach podía también haber pronunciado las palabras mágicas lorquianas: “Ahí está el público / Que pase”. Éso es lo que él desea: un Oyente.

       Casablanc llora cuando Feuerbach se lo pide; y vocifera; y danza; y se divierte con los efectos bululú a diestro y siniestro. Casablanc acompaña al personaje en sus mentiras, en sus engaños, en sus clases magistrales a un asistente de dirección, torpe y desvalido. Casablanc se desternilla con las muecas de este pobre actor, con sus contorsiones y sarcasmos hiperafilados mientras va adoctrinando a su lacayo/oyente/lázaro -interpretado someramente por Samuel Viyuela- sin piedad y con piedad, según le dé. Casablanc y Feuerbach, verdad por los cuatro costados. Casablanc dirige su propia sinfonía con paciencia, mimo y eficaz ingeniería. Me habría gustado preguntarle si este personaje preside una vitrina especial en su hogar o también le produce lo mismo que a mi, es decir, horror vacui.

           Se me ocurre -puede que sea un despropósito- que Feuerbarch podría ser la máscara invertida de Gustav en Muerte en Venecia: el ocaso del hombre se vislumbra en los primeros minutos de la obra; el patetismo, la crueldad de quien se queda fuera de circulación; la impotencia, la incapacidad de no alcanzar el Deseo por la edad y verse confrontado a un joven que le reta y le atrae; la melancolía de lo que ya no es recuperable, el destino siniestro de ser arrojado al deshaucio, al silencio, a la nada. Feuerbach no puede, no debe dejar de hablar, quedarse callado es el final, permanecer quieto y solo en un escenario es el fin, la hecatombe, por eso baila con la silla, sueña, hace magia para su único espectador que incluso consigue verla, hasta nosotros la vemos y nos lo creemos, ¡porque Casablanc nos metió por fin en la mente de Feuerbach y enloquecemos todos juntos!

       No he conseguido reírme. Lo siento. Tal vez porque también me agité demasiado (esta la acción acertada, aquí, porque en la farándula no se vive, nos agitamos) porque soy consciente de esta rueda caprichosa y convulsa, de los paréntesis ora obligados ora elegidos; de las metas volantes y las caídas en las curvas; de la vuelta a empezar y el volver a dar por zanjado, de la sublevación de pasiones -bellísima sedición, de ese desastre que al mismo tiempo se configura como catapulta poderosa que nos propulsa a galaxias llenas de pájaros, como los enumerados por nuestro hombre en La Abadía. Todos somos Feuerbach. Todos hemos de hablar y hablar buscando incesantemente interlocutores hasta debajo de las piedras/de las tablas, supervisados, cuestionados y alimentados por las migajas de un ente superior (llámase director, empresario, administración, mandamás, en el caso de Feuerbach un maestro fantasmagórico) el cual mueve nuestros hilos o nos los corta, o bien antes de tiempo, o justo a tiempo, cuando el tiempo para un actor no es más que un mendigo que esconde sus tesoros.

          Que pase el público para que ría o llore con el señor Feuerbach y éste le muestre su tiempo y sus tesoros.

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