Palabra hecha carne. No más. La palabra que tanto nos cuesta pronunciar u oír a veces. La palabra-sable, la palabra-ungüento, la palabra-bengala, la palabra-sabia; palabra que Rafael Alvarez el Brujo exporta del presente al pasado e importa del pasado al presente, y se viste con ella y reviste a la escena de lo que tanto cuesta hoy en día usar con propiedad.
Actor y verbum: filigranas del lenguaje, la sintaxis guasona y puñados de retruécanos y retrancas. El Brujo te inicia en su periplo y crees que te está guiando, pero tan sólo te está perdiendo en su laberinto adrede; y te corta de inmediato el hilo que te permite encontrar la salida para plantarte frente a su minotauro que se trata, nada más y nada menos, que de la Verdad.
Todo lo que desparrama es cierto: cierta la sátira a diestro y siniestro que con mueca bufonesca -y por ello, infalible- desembucha para quedarse aliviado y dejarnos en puro desasosiego; veraz y certero el verso que entona cuando él lo cree justo y necesario para que sepamos el inmenso valor que un sintagma tiene y contiene bajo un cenital cuando éste se imposta como Dios manda. Y su corriente subterránea que reclama que ha de volver la Palabra a la escena, pues suyo es el poder y la gloria. Amén.
La serpentina de anécdotas, que es su monólogo de hora y media, la adereza con escapadas de sorna suntuosa y la maquilla de despiste intencionado. Y nos sigue mareando -y nosotros disfrutando de lo lindo- en el laberinto del Teatro Quintero. El Brujo hace estallar la cuarta pared cuando su juglaría lo estima y se refugia en el cajón estrellado del escenario cuando su soneto se lo reclama. Los títeres ofrecen sus cabezas para que El Brujo se las corte y el patio de butacas -lleno en su primera función de este friolero sábado hispalense- lo jalea. Y el actor revienta su piñata léxica y nos muestra más callejones de su laberinto, y nos transporta a su infancia, y entre rimas y leyendas, las cabezas de los monigotes hispánicos ruedan en su laberinto que cada vez se parece más al Callejón del Gato, pues, con su fraseo tenaz, quedan reducidos estos mequetrefes que campean por nuestro ruedo ibérico -desde los de sangre azul a los que ocupan escaños- a peleles alegremente descabezados. Y todo con el único venablo de la palabra, esta palabra-sable la cual, desplegada en un escenario, dinamita más que en un plató televisivo de viernes noche. No se inquieten que para que no escueza mucho, El Brujo reparte esas palabras-ungüento llamada poesía. Y todo lo va clausurando despidiéndose rimbombante ante la corte de Elsinore a la que ha dejado como el gallo de Morón… El público, ufano, abandona la sala. Los títeres, decapitados. He ahí una vez más el teatro como púlpito invadido por un juglar, un brujo, un filólogo.
EL BRUJO, FILOLOGO EN ACCION.
Teatro Quintero, Sevilla.
“Una noche con El Brujo”.
Rafael Alvarez El Brujo.
2, 3 y 4 de diciembre.




