La piedra oscura

Crítica de ‘La piedra oscura’

LA MEMORIA Y SUS JUEGOS CRUELES de Carlos Herrera Carmona /Sevilla.

“LA PIEDRA OSCURA”

Reparto: Daniel Grao / Nacho Sánchez
Autor: Alberto Conejero.
Dirección: Pablo Messíez.

TEATRO CENTRAL SEVILLA Sala B
28 y 29 noviembre 2015

La guerra está de moda. El dolor está de moda. La presión de Goliat sobre David, una vez más, está de moda. Y como toda hoja -esta vez de afeitar- su haz y su envés, pues gracias a su trágica actualidad, nos permite evaluar daños, prejuicios y perjuicios con el Teatro que amplifica su cometido corrector. Los uniformes forman ya parte de nuestros escaparates juntos con los fusiles, chismes indispensables en nuestro cajón de sastre televisivo. Conejero apunta al sol para disparar al águila: la guerra nuestra, la ibérica, la que sangrará bajo nuestros pies, per secula secolorum, tal y como Rafael le sentencia al desvalido Sebastián antes de ser ejecutado.

Este diálogo -la Palabra por la Palabra, como ha de ser- apunta maneras pinterianas: silencios incómodos, golpes desconocidos en el exterior, prisión-prisioneros (ambos) y la Memoria, ésa que, como a mi me gusta decir, se dedica a juegos siempre crueles. La partida sucede en un hospital norteño de un mar omnipresente y el jaque mate es advertido y se asimila con resignación. Quien parece que va a ejercer de verdugo -Sebastián (Nacho Sánchez)- es relevado por su prisionero, Rafael (Daniel Grao), quien inicia su peripecia y lo convierte en confesor sin quererlo; en testigo de su último rato en la Tierra y con una misión que realizar, que deduzco podría ser la leve esperanza de que “algo” va a sobrevivir. El terror en el rostro del que se queda, realzado por un destello de luz casi de explosión, nos deja con la incertidumbre.

Todo se ha hablado ya y escrito sobre este texto y montaje, alabanzas y vítores, así que soy consciente de que mis palabras llegan ahora a modo de apunte emocional. La llegada a Sevilla viene precedida por lógica expectación y así ha sido recibida por el respetable. Espectadores visiblemente emocionados y risas entrecortadas por un tímido humor -dulce, cándido- desprendido por el personaje de Sebastián. Grao es quien se asoma al pozo sin luz ideado por Conejero y realzado por Messíez. Grao es quien se asoma al vacío y va tirando del cubo de cieno hasta subirlo a la superficie, para mostrárselo a su pupilo y aleccionarle por accidente a ser consciente de dónde está y qué le va a quedar tropezándose por su cabeza tras el disparo, y de camino, a nosotros.

Más carne habría pedido yo. Más soliloquios como el del comienzo (brutal). Aunque ni qué decir tiene que, como decimos los del gremio “la obra camina por sí sola” y hay que rendirse ante la evidencia.

A Federico se le ha recordado desde un prisma sencillo y terrenal: chapeau. Y también a la guerra, que sigue estando de moda lamentablemente junto a la Memoria. Y al igual que el poeta andaluz cuando hablaba de lo que la Poesía le provocaba, terminemos: “dolor lírico” es pues esta oscura piedra.

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