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Crítica de Ensayo

Ensayo de Pascal Rambert
El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid, 22 de septiembre de 2017.
Dirección: Pascal Rambert.
Reparto: Fernanda Orazi, María Morales, Jesús Noguero e Israel Elejalde. 

 

PAROLE, PAROLE, PAROLE
de Carlos Herrera Carmona 

     Cuando la actriz Fernanda Orazi está a punto de quebrarse a consecuencia de una “saudade” amorosa a pocos minutos de haber iniciado su monólogo, por haber abierto más de lo permitido La Grieta, La Compuerta, La Escotilla, La Válvula, La Alcantarilla expuesta por Pascal -superando éste así en valentía a la mismísima Pandora- se me vino a la mente de forma involuntaria melodía y letra del “diálogo” entre Mina y Lupo: el “háblame, pero no, y si lo haces, poco y bien”; el “dime, pero no”, el “ahora y/o nunca”; la impotencia, la desidia coronadas por el eco sordo, palpitante del “never more” del cuervo de Poe que sobrevuela, no sólo la canción italiana sino El Himno, El Credo que ondea Fernanda, o Noguero, o Elejalde o  Morales, arias entonadas en la UCI de un hospital en mitad de la nada, en una repetición infinita. 

     Los cuatro parlamentos girarán en un blanco tiovivo dantesco, en una suerte de pecera aséptica, taller de reparaciones, cubículo de dentista donde a los seres que lo habitan les falta oxígeno, donde están obligados a hablar, y digo “obligados”, puesto que hablar acaso podría aliviar, las acciones que derivan de sus palabras, acaso podrían sanar, liberar, y es justo el efecto contrario: los entierran en la espiral de cada argumentación, el personaje traga más barro, se hunde irremediablemente, bracea por llegar, y, cuanto más se mueve, cuánto más indaga, más descubre, y, al ver más, más se desespera, y las palabras en su metástasis campean por escena mientras el resto del cuarteto oye (¿escucha?) esa especie de último testamento que su camarada desparrama sin control, sin freno porque no puede, porque no sabe, porque no quiere. Los textos son interpretados como si no hubiera un mañana, un maratón de deslumbrantes entonaciones, giros, ritmos y poesía que invitan al suicidio de la palabra por culpa del silencio de quienes te escuchan; invitan a regresar al punto cero para volver a crear a la humanidad desde el principio y descansar al séptimo día. Los monólogos pueden parecer plegarias, mítines, alegatos, compendios filosóficos que evocan a Sausure y a su signo lingüístico deconstruido, pues nos perdemos gustosa e inexorablemente en este variante actual del significante y del significado donde, según Rambert, el pensamiento se traslada a las manos o al pecho o a la carne de la lengua en ambos sentidos;  monólogos que buscan a Godot predicando en el desierto; monólogos atestados de súplicas, supurando sexo y libertad, esperanza y hecatombe, origen y destino, animales y hombres. ¿Hacia dónde nos conduce Rambert?¿Debemos recapacitar o huir? ¿Hacemos caso omiso cuando sus seres nos están implorando que actuemos desde su parálisis? ¿Cogemos el testigo y echamos a correr hacia un mundo mejor, un utópico mundo feliz, un anti-1984? ¿Un mundo donde las palabras confeccionen imágenes que no espanten, que no abran zanjas, que no despierten instintos cuyo control nos impida así gozar la piel del otro sin lamentarlo, sin tener que confesar o morir arrodillados? ¿Gritamos cada día al despertar para que los jóvenes nos saquen de un limbo que nosotros por imbéciles no hemos sabido decorar? ¿Es eso lo que pretende Rambert al llevarnos hasta Odessa, por citar? ¿Que nos comportemos como Mina y Lupo, que rechacemos golosinas/palabras yermas, envenenadas? ¿Que confiemos en que la luna y los grillos -que brillan y suenan sin palabras- nos dejen dormir algún día como ella canta y reclama: menos palabras de su hombre, más acción? ¿Estamos como Lupo en la senda errónea de no querer hablar y sin embargo es la palabra la que nos encierra y nos guía? ¿O imitamos a Marie Curie guardando parte de los sesos de nuestro amor difunto para venerarlos? 

       Los monólogos de Rambert se presentan como jardines laberínticos: nos inserta en ellos desde nuestra ignorancia, tanto como espectador como habitante de la Tierra, y comenzamos a recorrerlos pensando que la naturaleza, el valle, nos puede aportar seguridad, con su verdor, su fragancia, y llegados a la extenuación por haber invocado a Godot, comenzamos a inquietarnos, a rogarle que nos indique donde está la salida pues sentimos ya el peso de la pieza conglomerada que nos amenaza desde arriba para machacarmos el cráneo como al señor Curie; ese “cocktail” de filosofía terminal, de metateatro caústico, de infierno resetado de Sartre cuya puerta hubo éste cerrado en su día y que nos ha dejado enfadados y hablándonos los unos a los otros sin oírnos, sin sentido a fin de cuentas. 

        Antes de que comience la función, Buxó promete más Rambert. Que así sea. Larga vida a la palabra, a la “saudade”, a las voces/no-personajes de Rambert. 

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