EL AVARO de Molière

Crítica de ‘El Avaro’ de Molière

EL AVARO de Molière

Virginia Woolf en su novela “Una habitación propia” recomendaba a todas las autoras llevar flores a la tumba de la dramaturga Aphra Behn. Pues lo mismo deberíamos hacer los amantes del teatro con Molière, quien, desafiante y procaz, siempre aparece sin defraudar corran los tiempos que corran. Y dados éstos en los que vivimos, nos sorprende esta vez con su avaro, escaparate donde se dan cita la ambición sin límite, el cinismo y la altanería que triunfan sin piedad sobre la bondad humana. Harpagón las lidera y su troupe danza sin querer -o queriendo- a su alrededor.

Lavelli desempolva al autor francés por excelencia y empolva las caras de su reparto para enmascarar sus intenciones e, intencionadamente o no, distanciarnos de aquello que persiguen, padecen y acusan a fin de provocarnos un juicio crítico de la fábula. Sin embargo, no puedo evitar pensar en “El Misántropo” que en su día nos regaló Marsillach quien, con un reparto coral que sí empastaba, lograba el unísono redondo que carece esta producción, aunque el empeño por no desafinar es meritorio.

Por el contrario, sí asombra las vueltas y composiciones varias producidas por la brillante escenografía de Sánchez-Cuerda donde los espejos potencian ese juego escénico de verdades a medias con las que los personajes de “El avaro” hacen malabares: el haz y envés de los muros giratorios: interior y exterior de las ánimas molierescas que desprenden un lejano -intencionado o no- eco a aquella comédie-Française, dueña y señora de las obras de Jean-Baptiste Poquelin. Cuidada y gélida -intencionada o no- iluminación de Roberto Traferri.

Indiscutiblemente, Galiardo se apodera de la escena y coquetea con el respetable mediante tonos jocosos, morcillas naturalizadas que gran parte del público le ha agradecido con risas, mientras el actor nos mostraba a un Harpagón que, si no fuera por la sabiduría de quien lo encarna, podría rozar levemente la afectación.
Y con la venia del protagonista, me gustaría resaltar a Rafael Ortiz y a su generoso abanico de tonalidades y gestos en su Valerio reivindicativo, así como a Oscar Hernández, ídem de lo mismo, en su Cleontes. Flecha, interpretado por Manolo Caro, se conforma con una arlequinada dispar -tal vez un guiño a la inspiración del propio autor de la commedia dell’arte- mientras que ellas, Irene Ruiz, Gloria Vega y Aida Villar convencen sobresaliendo la chispa sui generis del personaje de Frosina.

Como antesala a la función de esta noche, Galiardo se había lanzado a las calles de Sevilla para anunciar a bombo y platillo su montaje, como si de un auténtico cómico de la legua se tratara. Tanto es así, que, una vez recibidos los aplausos finales, el actor no se ha querido marchar sin defender la necesidad del Teatro y animar de paso a que sea costeado por instituciones tanto públicas como privadas. El Actor, una vez más, dueño y señor del discurso, del alegato, desde su Harpagón, desde su trayectoria. Juan Luis Galiardo ha querido llevar él mismo sus flores a la tumba de Molière, siempre en voga.

EL AVARO de Molière
Coproducción Centro Dramático Nacional/ Consejería de Cultura Junta de Andalucía.
Dirección: Jorge Lavelli
Reparto: Juan Luis Galiardo, Manolo Caro, Oscar Hernández y Gloria Vega entre otros.
Teatro Lope de Vega, Sevilla. 25 de enero.

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