Cúbit

Crítica de Cúbit

La familia como espacio. La familia como género. La familia como conflicto. La familia vertebra gran parte de los dramas que se escriben y representan a lo largo y ancho del mundo. Familias para todos los gustos, familias normales, familias monoparentales, familias reales, familias desestructuradas… Y sobre la familia ha querido, en parte, hablar Josep Maria Miró en su nueva obra, Cúbit, que ha escrito y dirigido junto con la complicidad de la compañía La ruta 40. Y de la construcción de la memoria. Estará en el Espai Lliure de Montjuïc hasta el 28 de mayo.

Josep Maria Miró fascinó en obras como Gang Bang, El principi d’Arquimedes o Fum. Tres textos que transmitían incomodidad, historias con una cierta perversidad en el dibujo de las tramas y los personajes. Ahora nos encontramos en una obra más soft, un relato-puzzle que va construyendo unos hechos del pasado a partir de la interrelación entre los 4 personajes, de sus recuerdos, sobre lo que dicen y sobre lo que callan.

Durante poco menos de una hora y media se relatan tres días tensos. Todo empieza con la llegada por sorpresa un fin de semana de los dos hijos de Paula, Lluc i Bernat, con quien mantiene una relación intermitente, cada uno hace la suya. Pero hay un cuarto elemento en la casa que los hijos no esperan, Oriol. Este personaje del pasado, con quien Bernat tuvo en el pasado un incidente violento, está ahí para ayudar a Paula a recopilar información sobre la Fundación que Paula preside y que fundó junto con su difunto marido. Pero la elección de Oriol levanta suspicacias en sus hijos. Éste es el hijo de un antiguo socio de sus padres con quien hubo muchas tensiones. Así pues, el planteamiento es transparente, se trata de desenterrar el pasado, conocer cuáles fueron estos hechos traumáticos y eso se muestra a través de los distintos grados de tensión entre hijos y madre, entre hijos y Oriol y entre Paula y Oriol. En la trama se desarrollan pequeños conflictos que reflejan ciertas desavenencias familiares, pero trasciende lo puramente familiar en una resolución del conflicto del pasado y del presente que refleja más el egoísmo, el individualismo y la conveniencia, que no el altruismo y la convivencia desinteresada. Ese punto de perversidad moral que recorre la obra de Miró.

Pero Miró hace hincapié en que este es un relato sobre la construcción de la memoria, sobre como una misma fotografía es interpretada de distinta manera según quien la mire. ¿Una fotografía que transmite amor? ¿Que transmite perdón? O transmite conmiseración? ¿O calma después de la tempestad? ¿Y lo que viene antes de la fotografía? ¿Y lo que viene después? Todas las preguntas quedan respuestas, sea porque son explicadas o por omisión y silencio. Y uno tiene la sensación de que si la sensación de duda, si la incógnita no se hubiese despejado, el final hubiese sido más potente. Recuerdo al terminar de ver Fum o El principi d’Arquimedes una sensación incómoda que te impulsaba a discutir con tu vecino o acompañante. Me quedé con ganas de revivir esta sensación en Cúbit. Además, una vez reconstruido el puzzle, hasta pediría más tensión y violencia en el transcurso de la obra.

Otra de las virtudes del texto de Miró está en la estructura narrativa. Las escenas se montan en paralelo, es decir podemos ver una charla en el jardín entre Paula y Bernat primero para que al final entre Lluc, y luego vemos al mismo tiempo que se está dando la charla entre madre e hijo, otra en la cocina entre Lluc y Oriol y que termina cuando Lluc va al jardín. Reconstruimos el relato en paralelo o marcha atrás mientras se desarrollan las tensiones a lo largo de estos tres días.

Por otro lado, está el buen trabajo interpretativo de La Ruta 40, aunque también irregular. Nos consta que el personaje de Lluc iba a cargo de Albert Prat quien le coincidió las dos semanas de función con su participación en Ricard III en el TNC. Su sustituto, David Méndez iba un poco perdido, teniendo que defender probablemente el personaje más enérgico y peligroso. Le faltaba más malicia, sacar más el personaje desde dentro. Por otro lado, estaba Ana Azcona quién a pesar de ser una actriz desbordante, de las que van hacia afuera, exteriorizando, en este caso interpreta un personaje contenido, una mujer progre que aún poder disponer de momentos de cabreo, se queda a medias. Este matiz de alguna manera la hace más comprensiva que perversa, y a un servidor le hubiese encajado más algún gesto maligno, por más sutil que fuera. Aunque vaya, es que Paula tampoco tiene porque ser la mala, ¿no? ¿O sí? Esta es de alguna forma la única incógnita que deja abierta Josep Maria Miró.

 

Cúbit de Josep Maria Miró.

Dirigida por Josep Maria Miró. Con la compañía La Ruta 40.

Interpretada por Anna Azcona, Alberto Díaz, David Menéndez y Sergi Torrecilla.

Thriller sobre la reconstrucción de conflictos familiares.

Hasta el 28 de mayo en el Espai Lliure de Montjuïc.

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