Crítica de ‘4Play’

No son rusos, no son hermanos y no vuelan

En el concepto del teatro clásico o “normal” las butacas de la primera fila son las mejores, pero cuando estos cuatro malabaristas circenses con faldas escocesas llegados directamente desde Broadway suben al escenario y comienza la función, el concepto de “mejores” cambia sustancialmente a “poco deseables”. Automáticamente las primeras filas se convierten en el blanco perfecto de sus hilarantes y disparatados lanzamientos de sustancias y/u objetos para disfrute y tranquilidad de los que han pagado menos por su localidad.

No cabe duda de que el espectáculo 4Play no deja indiferente a nadie. No hay que esperar al minuto uno para pegar los ojos a los objetos volantes que casi con incomprensible precisión se deslizan por los aires para dejar al público con la boca abierta mientras estos cuatro fantásticos que forman la compañía “The Flying Karamazov Brothers” parecen no tener fronteras a la hora de hacer malabares con una piña, un pollo crudo, antorchas encendidas, champán y, por qué no, todo a la vez.

Ellos no temen en retar al público, provocarlo y utilizarlo. Sus armas son simples pero peligrosas y, a veces, hasta pude percibir el miedo racional del público ante tan osados malabarismos. Pero pronto el temor se evapora cuando la prestidigitación, la música, la danza y el humor se funden en un compás de loca armonía.

La culminación de lo irreal no llega sin antes una lógica y logradísima dificultad ascendente, porque estos cuatro actores que responden al nombre de Paul Magir, Mark Attinger, Roderick Kimball y Stephen Bent y que se nos presentan como Dmitri, Alexei, Pavel y Zossima, van de menos a más, para coronar el festival con una pasmosa actuación final en la que uno de esos “afortunados” ocupantes de la primera fila se convierte en el “penta-protagonista-funambulesco” de esta exhibición que parece no tener límites.

4Play es, ante todo, un circo teatral evocador mezclado de realidad y fantasía. Quizás en algún momento la alocución humorística pueda llegar a resultar algo “verborreica”, pero lo cierto es que cuando el cuarteto exhibe sus “jeu de mains” en medio de la broma más mala o ridícula, ésta también es capaz de arrancarte una carcajada.

El resultado es una sátira teatral circense que, lejos de estar vacío de sentido, posee también  un trasfondo sugestivo que te hace reflexionar con ponderaciones como ésta: “No es importante como llegar, si no sabes a dónde ir”.

Al final, la sensación global se palpa cuando las voces gritan casi al unísono: “¡Qué buenos son!”.

Y así terminan estos cien minutos de ingenio: con los niños turulatos, los abuelos boquiabiertos,  los padres patidifusos y, en mi caso, cuanto menos, impresionada y gratamente sorprendida. Tanto es así que al finalizar la función la muestra de la sorpresa se traduce en un alzamiento masivo con cientos de manos aplaudiendo sin cesar pero, sobretodo y ante todo, una gran sonrisa plasmada en cada rostro.

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