bodas de sangre

Crítica de “Bodas de sangre”

Aprovechando que el año pasado se cumplieron 80 años de su fusilamiento y que su obra ya ha pasado a dominio público, son muchas las compañías que han querido rendir su particular homenaje a Federico García Lorca. Los Projecte ingenu rejuvenecieron Yerma, Pep Tosar repasó su trayectoria y ahora son Oriol Broggi y sus perlas quienes traen a escena la boda más trágica del andaluz.

En los textos de Lorca, los personajes no hablan sino que recitan, dándole fuerza a cada palabra. Los seguidores de Broggi encontrarán mucha concordancia entre este aspecto poético del texto y el teatro del director. En este montaje, lo que vemos son muchos de los elementos que ya forman parte de su sello, algunos utilizados con mayor acierto que otros.

Broggi juega a través de los objetos simbólicos con un constante cambio de identidades. El delantal pertenece a la criada, el velo negro a la madre, el manto blanco a la novia… Y a partir de aquí,  muchos de los actores hacen varios personajes e incluso varios personajes son encarnados por más de un intérprete. Sin embargo, los actores destacan más en sus papeles principales, los que de lejos son los más elaborados. Con el permiso de Clara Segura e Ivan Benet, cuya brillantez es ya un clásico, me parece necesario recalcar el gran trabajo de Nora Navas como la madre. La altivez, el orgullo y la potencia estremecedora con la que habla sobre su tragedia es sin duda uno de los puntos fuertes de la función, un homenaje a la fuerza clásicamente femenina que no gana combates pero aguanta tormentas. Grata sorpresa también la criada interpretada por Montse Vellvehí, actriz que va mucho más allá de ser solamente la jinete del grupo. La alegría y la calidez con la que cuida a la novia unidos a las dificultades que tiene para andar la llenan de vida y humanidad.

Otro de los grandes aciertos de la propuesta es el juego con el fuera de campo, aquello que nosotros no vemos pero los personajes sí. Con un duro y cuidado juego de luces creado por Pep Barcons, la obra nos invita en más de un momento a Imaginar lo que ocurre solo a través de sus reacciones, una grata herramienta de interacción con el espectador.

Vale la pena fijarse en los detalles. La alegría de la criada cuando la boda queda acordada. El respeto que transmite el novio (Pau Roca) hacia su madre solo con la mirada. Con tanta profundidad en el texto y las interpretaciones, apetece ver el montaje en una puesta en escena más intimista. Y para ello sobran elementos, empezando por el caballo. Lo que en la imaginación parece ser la metáfora ideal de Leonardo, a la práctica queda poco aprovechado. El espacio, muy grande para actores y público, resulta pequeño para el pobre Juguetón, cuyos movimientos quedan limitados.

Tampoco el audiovisual aporta demasiado, y parece más una imposición del director por incluir uno de sus recursos clásicos que una necesidad real del montaje. La música en directo, una mezcla de estilos creada por Joan Garriga – que repite con Broggi después de l’Orfe del clan dels Zhao – está casi constantemente en escena, acompañando cada parlamento. Si hay momentos en los que refuerza la acción, en otros le roba protagonismo a la poesía.

En general, Broggi le ha dado al espectáculo una aurea muy femenina. Sin cambiar el texto, su montaje omite la lucha y representa la muerte de forma muy simbólica. Todo para dejarnos con un final casi alegre, harmonioso, en el que la luz y la música vencen al odio. Una declaración de estilo y visión propias que sin embargo concuerdan con la esencia Lorquiana.

Bodas de sangre de Federico García Lorca

Dirigida por Oriol Broggi.

Cia. LaPerla 29.

Interpretada por Ivan Benet, Anna Castells, Nora Navas, Pau Roca, Clara Segura, Montse Vellvehí y Juguetón.

Hasta el 20 de setiembre en la Biblioteca Nacional de Catalunya.

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