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Crítica de El amante de Harold Pinter

El Pavón Teatro  Kamikaze. Madrid, 10 de septiembre de 2017.
Dirección y versión: Nacho Aldeguer.
Dirección artística: Álex García.
Reparto: Daniel Pérez Prada y Verónica Echegui. 

PINTER REVISITED  

de Carlos Herrera Carmona. 

 

Pinter, Pinter, Pinter… De nuevo nos encontramos tú y yo. Una visita más en tu universo,  donde los meteoritos no se ven venir como los de algunos dramaturgos que nos remueven en la butaca con turbulencias premeditadas. Lo tuyo, Pinter, es más lo de convertirnos en co-autores de tu materia dramática; tú siempre has sido más partidario de que nosotros rellenemos los huecos (“blankets”, “gaps”, en tu lengua); y que prestemos toda nuestra atención a tu “listening comprehension” -aunque en ti lo de la comprensión, lo del entendimiento es más afín a lo que planteó una vez tu colega Camus: toda tu acción en el escenario supura un agrio “malentendu”.

    Pinter, Pinter, Pinter… Otra vez me has llevado, como digo, a tu cosmos, a ése de las cuatro paredes donde las palabras actúan como las taladradoras de futuros metropolitanos, ahí, socavando los pasadizos que  perforan las relaciones de parejas hastiadas, desorientadas, aunque me las decores con hortensias; donde los supuestos amantes se visitan una y otra vez y se aburren sin remedio y sin consideración; habitaciones donde da igual los roles que adquieran ella y él, como en esta obra tuya de “El amante”, que va de máscaras, de “l’ennui incurable”; de un simulado “laissez faire, laissez passer”, que molesta, que incomoda, como acertadamente me transmite tu Richard en el Pavón, interpretado impecablemente por Daniel Pérez Prada: esa flema británica del “bueno, vale, hoy hace calor y mañana no se sabe”, pero que prepara la artillería pesada sin que te des cuenta. Artillería, muy propio de ti, no sólo contra el otro miembro de la pareja, sino contra quien la ha diseñado. La mujer vuelve a soportar, como toda fémina pinteriana, el abuso en mayúsculas, y se balancea en la cuerda floja, saltando sin una red que la ampare. Ella atesora el don de la ironía; ella enreda y envenena el dardo para después acabar como un “clown” herido, humillado; un “clown” que ya no puede -o no sabe- entretener más a su “danna” (término japonés) con el carmín afeando su rostro y una danza marchita. El hombre toma el control por instantes y lo pierde, y juntos aceleran en la curva, y el acantilado es testigo de su final. Repito: no hay red que ampare a ningún personaje forjado en la mente de nuestro Harold.

     Y vuelvo a tus cuatro paredes. Para ello Mónica Boromello -escenografía- ha elegido la fragilidad de un hogar nipón, casi transparente -como nos puede resultar la disputa de los protagonistas- pero a la vez tamizado; ese asunto de “se ve, pero no del todo”, ése “te vamos a mostrar sólo las sombras de la caverna”. Tú, Pinter, tan enamorado de la lítote, del subtexto, de la intuición por encima de lo evidente, de que nosotros trabajemos el “listening” y salgamos del teatro con un retrogusto amargo y cubierto de existencialismo, sin saber muy bien por qué abusamos tanto en nuestro día a día de las máscaras, del engaño, de las apariencias… las apariencias, el engaño a los ojos: el teatro en definitiva, ¿o no, Mr. Pinter?

       La propuesta de Albeguer excita. El “warming-up” en la primera planta del teatro te destensa y al mismo tiempo te entona para que el duelo descarnado entre Pérez Prada/Echegui sea más liviano. La gastro-anestesia regalada -no hago “spoilers”– antes de la función se agradece en un septiembre caluroso. “El amante” se me antoja como una elegía de lo que pudo ser y no fue. El aporte cinematográfico -muy bello- de María Ripoll y Álex García, y el espacio sonoro de Luis Miguel Cobo pienso que me han llevado a esta particular definición.

          Pinter y su espacio. Pinter y sus parejas. Su mensaje “muteado”. Sus promesas y sus mentiras. Su juego. Sus clarooscuros. Nosotros mismos en definitiva sobre un “tatami”, un “fusuma” y en una suerte de “okiya” a media luz: Pinter en el Pavón vuelve a ser actual.

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