Blasted

Blasted – Crítica

Sarah Kane es una autora tremendamente compleja. Su obra está llena de interrogantes y de brutalidad nada gratuita. La virtud de Blasted, su primer texto, reside en la rotura in situ del realismo de la primera parte en favor de la representación abstracta de la violencia y el horror humanos.

En la primera parte, los espectadores somos voyeurs de lo que ocurre entre las cuatro paredes de la habitación de hotel diseñada por Silvia Delagneau. A través de las cortinas semitransparentes que la delimitan, vemos como llega una pareja. Él, mayor, dominante, sin tapujos. “He cagado en sitios mejores”, suelta nada más ver el espacio. Ella, pequeña, sumisa, tímida, quieta y silenciosa. Ya en los primeros minutos de función, sin apenas palabras, descubrimos el tipo de relación que tienen, tóxica, abrupta y basada en la dependencia emocional. La violencia se va gestando poco a poco hasta explotar, y entonces llega el caos. La guerra (¿qué importa cuál?) se personifica y extiende su manto. Lo que era pequeño e íntimo cobra dimensión, invade el escenario y la vida. La historia de unos personajes concretos se convierte en un drama que nos salpica a todos.

Lo más fascinante de esta historia son unos personajes llenos de claroscuros. Ian –Pere Arquillué, que demuestra con valentía que toca de maravilla todas las teclas- es un monstruo, misógeno, racista y homófobo. Pero también es una persona moribunda, sin ni una sola esperanza, alegría o ilusión. Agrede, odia y abusa de los demás –física y verbalmente- porque es la única forma que tiene de despertar su alma apagada, gastada, inerte. De sentir algo ahora que viene de vuelta de la vida y cualquier resquicio de luz se ha extinguido por el camino. A su lado, Cate –Marta Ossó– es una chica enfermiza e infantil, con la inocencia especialmente acentuada de quien todavía lo tiene todo por recorrer. Completa el reparto el soldado, Blai Juanet, representante nada fácil del caos, de la crueldad sin sentido, del horror mecanizado.

Alicia Gorina dirige el montaje con elegancia, sin renunciar a la potencia pero sin hacer pornografía. La tensión del montaje se respira en el ambiente. A la fuerza de las palabras se le unen los símbolos visuales, el uso sin tapujos de elementos de atrezzo que aparentan ser pero no son. La directora no oculta la falsedad del teatro. Deja que el muerto que cuelga del techo se levante y abandone el escenario por su propio pie. Nos enseña la bolsa rellena de agua que simulará ser un bebe. Y no por ello resulta menos demoledor su trágico final. Nos recuerda que todo lo que vemos es una gran mentira; que lo que se está contando va más allá de una anécdota privada e íntima; que la realidad estremecedora, la que nos debe preocupar, es la que sigue estando afuera, mientras nosotros seguimos cómodamente en nuestras butacas.

Al TNC se le pueden – y se le deben- criticar muchas cosas. Pero es de agradecer que por una vez (lástima que sea anecdótico) se escoja a una directora joven para un texto de una autora contemporánea. Y también que el mensaje profundamente oscuro de Kane se represente, sin miedo a incomodar pero sin contribuir al morbo. Que siga generando polémica. Y que nos sirva de alerta. Porque la insensibilidad, el subestimar y normalizar el daño que hacemos, es el motor que mueve a Ian y que cada vez nos mueve más a todos. Y eso solo puede llevarnos al horror.

Blasted de Sarah Kane
Dirigida por Alícia Gorina
Interpretada por Pere Arquillué, Marta Ossó y Blai Juanet.
Hasta el 11 de febrero en la Sala Petita del TNC

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