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Crítica de “El ángel exterminador” de Luis Buñuel.

 

Dirección: Blanca Portillo

Versión: Fernando Sansegundo

Teatro Español. Madrid, 2 de febrero de 2018

EN EL LODO

Por Carlos Herrera Carmona

     Fango existencial donde se practica hasta la extenuación acciones tales como expiar, expulsar, exprimir, extorsionar, expugar. Comienza el carnaval en una pecera-mausoleo organizado por una troupe burguesa. Con variopintos aliños esperpénticos, el conjunto abocado a la tragedia organiza su vodevil dantesco. Blanca Portillo marca con su batuta la sentencia del maestro Sartre, aquella de que el infierno son les autres (o aquella de “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”) y sitúa en el techo del Español un espejo cóncavo para ilustrar nuestro querido y amado, pulcro y divertido siglo XXI. Una carnicería desmedida que recorrerá histriónica y charlatana los círculos delirantes diseñados por Dante que les impiden, sin saber por qué, escapar de las llamas.

      Los personajes, en su protagonismo coral y desmedido, respiran sin querer el mismo oxígeno contaminado. Portillo reaviva la mecha de Buñuel y advierte y alecciona que, de seguir caminando por senderos erróneos, de seguir liberando instintos primitivos y tergiversados, de seguir puliendo la arista de la intolerancia, tal vez únicamente un Dios caduco y de cartón piedra nos pueda proporcionar alivio y misericordia.

     Aciertos tales como la invasión del elenco en el patio de butacas y voces corales masculinas, la urna de cristal que retiene a los pecadores, a los excluidos, a los naúfragos y la iluminación onírica; extrañezas tales como las escenas del comisario, el chaval con los globos o el ser exótico que comenta, clarifica y ejerce de visionario que distraen de los delirios y los desquicies que la barahúnda actoral origina en el salón-búnker.

     Queda claro al escenificar los fantasmas de Buñuel hoy en día, que la debilidad y la mentira nos convierten sin remedio y una vez más en corderos buscando reclinatorios donde nos perfumen con incienso y no con la flora del Edén. Queda claro que el daño nos satisface y que al percibir que nuestros impulsos naturales nos dejan en ridículo, encolerizamos y castigamos sin piedad al prójimo. Los personajes buscan, en cierto modo, un exterminador que los calme, pues sólo en ese “descanso”, la comunión con un poder superior nos sanaría.

      Dos horas maratonianas de texto y subtexto, de degeneración en los diálogos y actitudes. Brillante el hecho de poder constatar todo esto en un vestuario de pasarela que después de la purga se convierte en ropajes usureros.

       El surrealismo queda a merced de un Deus ex machina miope y ausente. Pues que Dios nos coja confesados que no encerrados en zulos sin salida.

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